La emergencia de Occidente actual es aprender a desaprender todo lo aprendido: patrones de pensamiento, de comportamiento, formas de ver y de sentir el mundo que nos rodea. Son aprendizajes que hemos adquirido de forma colectiva, pero de los que solo podemos desprendernos de manera individual.
¿Crees que todo lo que llevas aprendido y almacenado en tu interior es lo más adaptativo? ¿Las lentes a través de las cuales estás viendo el mundo son las más adaptativas y las que te hacen más feliz?
No debemos confundir adaptación con amoldamiento. Adaptarte no significa rechazar tu naturaleza interior, sino todo lo contrario: es conectar con tu esencia y con tus valores más profundos. Solo así puedes ser verdaderamente feliz. La adaptación va de la mano de la felicidad, y las personas más felices son las que presentan comportamientos más adaptativos.
Voy a comenzar haciendo referencia a uno de los escultores más famosos de la historia: Miguel Ángel, cuyo estilo se basaba en quitar todo lo que sobraba de un bloque de piedra y llegar a la figura latente que residía en su núcleo. Su arte se basaba básicamente en liberar y expresar lo que había ya allí, esperando a ser descubierto. Para él, esculpir era saber ver qué sobraba, y así abrir paso a una forma que muchas veces ni siquiera buscaba conscientemente.
La piedra es nuestra mente.
Nuestra conciencia, el martillo con el que esculpimos.
Y aquello que cubre la figura latente —nuestra esencia— son nuestros pensamientos, nuestras emociones, tanto conscientes como inconscientes.
Pero entonces, si nos despojamos de todos nuestros pensamientos, de todas nuestras emociones…
¿Qué queda?
Un vacío.
Una nada que todo lo alberga.
Un silencio que todo lo cubre.
Y es justo ahí, en ese fondo, donde se expresan las formas infinitas del contenido de la mente, que conforman una identidad falsa y frágil.
Sólo cuando se rompe el bloque y cae lo superfluo, es cuando podemos experimentar y sentir lo verdadero y lo esencial como en las figuras de Miguel Ángel.
El ego puede compararse con una mochila que vamos cargando desde que somos pequeños. Con el tiempo, nos acostumbramos a llevarla a la espalda, sin siquiera cuestionar su peso. Vamos metiendo dentro todo tipo de cosas: creencias, miedos, expectativas, roles… muchas de ellas innecesarias, pero tan familiares que nos hemos encariñado con ellas.
Aunque ya no nos sirvan, aunque hagan más arduo nuestro camino, las conservamos como si fueran un tesoro. Les atribuimos un valor ilusorio, dándonos una falsa sensación de seguridad y pertenencia.
Cuando empezamos a aligerar la mochila, vamos viendo que nuestros pasos se vuelven más livianos, y que necesitamos menos de esa mochila para ser felices.
Al aligerar la mochila, aumenta el peso de nuestra alma y de nuestro ser esencial e interior, conectando más con nuestros valores y principios primarios.
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