Alquimia interior

¿Por qué le tenemos tanto miedo a estar solos? ¿Qué tememos escuchar cuando estamos en solivencia —no confundir con soledad—? Quizá porque tememos descubrir la verdad sobre nosotros mismos, enfrentar a nuestro juez interior: el ego.

Vivimos en una cultura sumida en la productividad, buscando en el ruido de Occidente el silencio de adentro. Alimentamos nuestras mentes y dejamos hambrientas nuestras almas, hasta llegar de noche exhaustos, deseando dormir y olvidar.

¿De qué escapamos cuando nos mantenemos ocupados? Al ego le fascina la ocupación constante; hará todo lo posible para que no mires hacia dentro. Se alimenta del ruido exterior, allí donde se siente cómodo, en su zona de confort. Porque sabe que la presencia del interior anuncia su final.

¿Por qué no se llevan bien la solivencia y el ego? Cuando uno está a solas con su propia cabeza, sin nada que hacer, el ego se queda sin alimento. Entonces inventa mil y una razones para evitar esa situación incómoda y desagradable, y nos empuja a buscar personas y escenarios donde distraernos.

Pero existe un proceso casi alquímico: ser el propio alquimista de uno mismo, transformar la solivencia en solitud. No se trata solo de estar solo, sino de practicar un arte, un espacio donde aprendes a estar bien contigo mismo, donde tu alma se nutre y tu ego deja de dominar. La solitud es el resultado de esa alquimia: un lugar de conexión profunda y satisfacción que no depende del ruido exterior.

Estoy empezando a encontrar refugio en ese espacio que la sociedad teme y rechaza: la solivencia. Empiezo a descubrir una dimensión donde mi alma alcanza su máxima expresión y, a la vez, mi ego despliega todas sus herramientas para silenciarla. Se trata de un campo de batalla íntimo, y por primera vez siento que habito ambos bandos.

En una época de máxima crisis de conexión espiritual, creo que confundimos la solivencia con soledad, uno puede estar solo y no sentirse solo realmente, o estar rodeado de muchas personas y sentirse muy solo. ¿No parece una paradoja?

Al igual que el hambre nos indica que necesitamos comer o la sed nos avisa que debemos beber para no deshidratarnos, la sensación de soledad nos recuerda que necesitamos conexión, que necesitamos formar parte de algo.

¿Entonces de qué se trata realmente esta conexión? Todos buscamos el mismo fin, pero a través de medios distintos. Desde mi perspectiva, esta conexión consiste en sentir que perteneces a algo más grande, y eso no se encuentra afuera, sino en tu propio corazón.

El verdadero sentido de pertenencia consiste en pertenecer a ti mismo, permanecer firmemente en tu centro, y desde ahí pertenecer a todas partes y a ninguna. Es el valor de ser uno mismo, de expresar tu sentir y actuar con plena libertad, sin necesidad de cohibirse.

-Me faltan por desarrollar muchas más ideas pero por ahora está bien 🙂