Por culpa de mi familia. Por culpa de la educación. Por culpa de la cultura. Por culpa de los políticos. La economía está fatal. El mundo está muy mal. ¿Estás hablando de tu mundo, no? Me parecen muy curiosos los mecanismos de la mente para no responsabilizarse de su entramado mental y emocional. El error siempre está en el otro; nunca eres tú.
En la Biblia, Jesús dijo algo muy interesante: “¿Por qué miras la paja que hay en el ojo del otro, y no ves la viga que está en el tuyo?” Somos expertos en ver las deficiencias de los demás, en fijarnos en los errores ajenos, pero no en los nuestros. ¿A qué se debe esto?
Empecemos con el miedo. Somos expertos en localizar amenazas; nuestro cerebro está diseñado de tal manera que es un profesional en avistar al enemigo exterior: en las situaciones, en las personas. Es la emoción con la que más sensibilidad ha desarrollado. Esto ha sido necesario para nuestra supervivencia, y esa es la función principal de la mente: mantenerte a salvo y con vida.
Pero en el contexto de esta sociedad materialmente privilegiada, la mayoría no tiene como necesidad primaria sobrevivir, pero el miedo sigue imperando de forma brutal. Somos marionetas del miedo.
Es increíble tomar conciencia del poder que tienen los medios de comunicación, que utilizan el miedo como recurso para infundir terror a nivel de masas. Ni la biología ni los medios nos ayudan a alcanzar nuestro preciado bienestar. Me parece una definición de locura todo el miedo que infunden con diferentes tipos de noticias y dramas, y que, a pesar de ello, los consumamos con los ojos vendados. Nos hemos vuelto adictos a ello. No defiendo la ignorancia respecto a lo que sucede en el mundo, sino que seas consciente del impacto que tiene en tu vida devorar toda esa información. Que filtres.
Ahora, ¿qué relación guardan la culpa y el miedo? Que la base de la culpa es el miedo. Así es. Cuanto más miedo tenga uno reprimido en su interior, más culpa va a externalizar hacia fuera; más culpables va a intentar buscar, disfrazados de personas y situaciones; más responsables va a señalar de su sufrimiento; va a culpar a la vida de su mala suerte; más victimista se va a comportar. Porque el ego necesita responsables a quienes culpar, en lugar de ocuparse de su propia suerte.
Lo del exterior es solamente un reflejo de lo que tienes dentro, reprimido.
¿Todavía crees que la vida te trata mal? ¿Crees que te ha tocado ser un desgraciado?
Otra cosa a aclarar es que la culpa se puede externalizar tanto hacia fuera como hacia uno mismo. Sí, el sentirnos culpables y desdichados no nos vuelve responsables, sino meras víctimas del mundo, de las personas y de las situaciones. La culpa dirigida hacia nosotros también está alimentada por el miedo, y promueve la depresión, el victimismo y la inacción. No es para nada adaptativa para nuestra felicidad. El sentirnos culpables no nos vuelve humildes, para nada, se trata de una falsa generosidad.
Cada vez más impera la autoconmiseración, considerando a los demás culpables de nuestras desdichas emocionales, viviendo una vida con resentimiento y de forma pasiva.
No hay que confundir autocompasión con autoconmiseración: la última viene motivada por la egoestima, y la primera, por la ser-estima.
El victimismo es alimento para el ego, y las recompensas que obtiene pueden venir disfrazadas en forma de atención (para tener a los demás a su disposición), pena, lástima, falsa compasión o incluso beneficios económicos. Un comportamiento totalmente egocéntrico.
El glamour de estas recompensas es lo que nos ciega. Lo que es alimento para el ego, es hambre para el Ser, sed para el alma.
¿Eliges las recompensas que te ofrece el ego, o eliges tu bienestar por encima de ellas? ¿Te vale realmente la pena?
Cada vez más, la gente encuentra refugio en la queja y en la protesta, siendo solamente un reflejo de su interior, de su infelicidad.
Realmente considero la conducta de los lamentos una maldita locura. ¿Es esto, acaso, la nueva normalidad? ¿Hemos normalizado el ser infelices? ¿Es eso lo más adaptativo para nuestro bienestar? Me parece la normalidad de una sociedad profundamente enferma.
Para muchos, los dividendos que ofrece el aferramiento a las conductas autodestructivas son mayores que la recompensa de ser feliz.
La felicidad es el estado natural de cada uno. Si no me crees, mira a un niño: nacen como una tabula rasa, una pizarra en blanco, emanando alegría y curiosidad. Sin duda alguna, son los verdaderos maestros, y tenemos mucho que aprender de ellos.
¿Por qué, conforme nos volvemos mayores, nos volvemos más mezquinos y menos alegres?
La influencia del ambiente cultural es inmensa, pero no podemos dejar que condicione nuestra manera de ver y sentir el mundo. Yo elijo mantener una piel blanda, con la compañía de una espalda fuerte.
Por otro lado, no minimizo de ninguna manera los diferentes dolores y sufrimientos de las personas, para nada; solamente motivo el comportamiento autorreflexivo, autoconsciente y responsable.
Sería hipócrita de mi parte minimizar el dolor subjetivo de las personas anulando la sensibilidad: mi sensibilidad. Minimizar mis problemas solamente haría que no lograse empatizar con los dolores de los demás, cosa que considero destructiva tanto para uno mismo como para los demás.