Cogito, ergo sum

Cogito, ergo sum. El famoso “pienso, luego existo”.

Fue una de las declaraciones que hizo Descartes en su camino hacia la búsqueda del conocimiento verdadero y la naturaleza de su existencia. Su metafísica se asentaba en las bases de la “duda metódica”, es decir, dudar de todo aquello que sea dudable a través del razonamiento lógico. Fue una persona que intentó demostrar la existencia del yo inmaterial y de Dios a través de la razón. Pero, ¿Dónde están los límites de esta mente racional? ¿Todo aquello que no sea explicable por la mente lógica y consciente se tacha de verdad? ¿Todo lo que la mente cartesiana no pueda comprender y contrastar empíricamente se declara como algo falso?

Vivimos en una era donde la filosofía de Descartes sigue siendo la base de la ciencia, donde todo aquello que no sea contrastado empíricamente tiende a clasificarse como fantasía o irreal.

A nuestra pequeña mente egótica le vamos a dar el nombre de “pequeño Descartes”.

Ahora, volviendo a la declaración que he mencionado al principio, me gusta más la traducción de “pienso, entonces soy”. Es importante recalcar que no debe malentenderse como que la existencia es una mera consecuencia del pensamiento. No hay que anteponer el pensamiento a la mera existencia, sino que el hecho de pensar es una prueba suficiente de que uno existe.

La mente egótica, sin duda, está completamente agradecida con Descartes. Para él, la prueba irrefutable de que existimos es que pensamos. Pero ahora se me ocurre una pregunta: ¿Qué pasa cuando cortamos el flujo de pensamientos en la mente neurótica y llegamos al estado denominado “mente en blanco”? ¿En qué prueba nos basamos para demostrar que existimos? En ese estado el pensamiento ya no es una opción sobre la cual podamos fundamentar nuestra existencia. Por lo tanto, Descartes demostró la existencia del ego, que como piensa, entonces existe. ¿Y qué pasa cuando trascendemos esta mente egótica? No podemos responder a esta pregunta a través de la razón.

Tanto Descartes como el pensamiento moderno basan la existencia en solo esta pequeña mente pensante, causa de tanto sufrimiento; en este pequeño yo, con esta pequeña egoestima.

Buda dijo que el apego a esta mente es la causa de todos los sufrimientos, y Descartes no ayudó mucho a deshacernos de este apego, sino que reforzó los lazos con el mismo.

Con respecto a poner la mente en blanco, si estudiamos la naturaleza de la mente egótica, nos damos cuenta de que su función esencial es producir pensamientos. Por lo tanto, intentar llegar a la ausencia de pensamientos dentro de esta mente es una misión imposible. La única solución es salir de ella: fomentar nuestra atención y dirigirla hacia nuestra otra mente —la mente subconsciente, la mente intuitiva, la mente no lineal—. Uno de los puentes que tenemos para llegar “allí”, y que está a nuestro alcance en cualquier momento, es la respiración. Es el puente que nos conecta con al Ser.

No te enfoques en el contenido de la mente consciente, sino en el contexto. 
No te enfoques en las distintas nubes del cielo: céntrate en el cielo, sé el mismísimo cielo. 
La naturaleza del cielo es independiente del contenido de las nubes. 
Tu Ser es independiente del contenido de tu mente egótica o pensante.
Experimentar la experiencia del Ser no está sujeta a pensamientos, va mucho más allá.
Mi existencia no la condiciona el pensamiento. 
Mi existencia no está sujeta a condiciones.
Yo soy, yo existo.

El problema de la psicología occidental es que intenta dar solución a los problemas de la mente a través de la propia mente, sin darse cuenta de que la solución misma es parte del problema. Para acabar con la mayoría de los problemas, primero hay que acabar con la base misma: el pensamiento. La solución llegará sola.

A todo ello me ha recordado una frase de Carl Jung, pionero en el estudio de la mente inconsciente, donde expone lo siguiente: “Hasta que no hagas consciente lo inconsciente, el subconsciente seguirá dirigiendo tu vida y tú lo llamarás destino”.

¿Eres consciente de cómo dirige tu vida la mente subconsciente? 
¿Hasta dónde llega nuestra libertad de elección en cada una de nuestras decisiones? 
Somos, al cien por cien, responsables de crear nuestro destino y nuestra suerte, pero con una especie de libertad condicionada. 
Con el fin de proteger nuestra mente consciente, son numerosos los mecanismos que presenta la mente para reprimir todo el contenido inconsciente. 
Solo la luz de la conciencia puede liberar todo el contenido reprimido, suprimido y negado en la psique subconsciente.