Entropía y libertad

Deberías ser una buena persona. Deberías ser más educado con la gente. Deberías ser más generoso con los demás. Deberías ser esto. Deberías ser lo otro. ¿Quién eres? ¿Un producto de las normas, valores y roles de una cultura que no elegiste? ¿Cuál es la raíz de todos estos “deberías”? ¿Existe acaso la libertad plena? ¿Crees que tienes libertad de elección en cada una de tus decisiones?

Mientras escribo estas palabras, me encuentro en una biblioteca rodeado de desconocidos. Mi mente se nubla con pensamientos como: “no cierres los ojos para conectar con tu ser”, “qué vergüenza”, “qué pensarán los demás de ti”, “sé normal”, “escribe cosas que le gusten a la mayoría”. ¿De dónde vienen todos estos mensajes?

Estoy aprendiendo a surfear las deberolas —olas de los “debería”— en un mar donde los vientos culturales soplan cada vez más fuerte.

Uno de los silogismos con los que he sido educado ha sido la premisa: “si no soy bueno y educado con los demás, no me van a querer ni aceptar”. Una motivación totalmente penosa y egoísta. El deseo de buscar la aprobación externa se ha convertido en una necesidad de mi ego. Ha echado fuertes raíces en mi infancia, llegando a ser un problema en mi adultez y para mi felicidad.

A todos nos gustan las caricias mentales, pero cuando esas caricias anulan nuestro criterio y nuestro ser interior, pueden llegar a ser un verdadero problema.

Es más fácil ser lo que nos dicen que seamos que ser nosotros mismos desde una libertad interior. Ni la cultura ni la educación nos ayudan a ello. No nos han enseñado a ser libres. Ser “normal” e imperar bajo la ley social es más valorado que el gozo de abrazar la libertad y la incertidumbre. ¿A qué se debe esto? Al miedo. Miedo a que no nos quieran ni nos valoren. Miedo a no ser suficientes. Miedo a que no nos aprueben socialmente y no nos acepten…

Vamos a entretenernos con un poco de física.

Uno de los principios físicos fundamentales que describen el comportamiento de la energía —de la vida— es la Segunda Ley de la Termodinámica, la ley de la entropía. Este principio postula que todos los procesos que ocurren en este mundo y en el universo tienden al desorden: con el tiempo, la entropía de un sistema o de un proceso aislado tiende a aumentar. ¿Qué quiere decir esto? Que la base de la vida misma es la inseguridad y la incertidumbre. Y no lo digo yo, lo dice la física.

Entregarnos a la vida es entregarnos al desorden; abrazar la entropía es, por tanto, abrazar la libertad. Aceptar la entropía es no ir a contracorriente y equivale a aceptar lo desconocido. Por eso hay tanto miedo a ser y actuar libremente, lejos de las ataduras sociales, porque es territorio salvaje. Por eso también somos más propensos a aceptar tantos mensajes sociales con el propósito de encontrar la “seguridad” en nuestras casillas. Es el miedo a esta entropía el que dispara nuestra necesidad de asimilar más y más “deberías” en busca de una sensación de seguridad efímera.

El ego lo quiere tener todo bajo control, pero no puede. Irá siempre en contra de la vida, de los principios que gobiernan este mundo. Cuanto más impere el miedo en nuestras vidas, más entregados estaremos al ego y, por tanto, más cerrados a la vida y al amor.

Cada vez impera más el miedo en todos los ámbitos de nuestra vida: el económico, el amoroso, el social, el familiar. Gobierna, de forma creciente, el miedo a la pérdida de las cosas y de las personas. Nos aferramos a la falsa seguridad de lo pasajero y nos resistimos a las leyes básicas de la naturaleza. Paradójicamente, cuanto mayor sea nuestra capacidad de albergar entropía en nuestro interior, mayor será también nuestra capacidad para generar sintropía.

Evidentemente, no podemos dejar que la entropía de la vida nos colapse y nos convierta en seres totalmente pasivos. Es importante comprender que es igual de importante aplicar el orden como seres activos que somos y darle forma a esa entropía para poder gozar de la vida de la mejor manera.

La libertad es un bien supremo, pues más vale estar perdidos y libres que atados y seguros.