¿Por qué hemos aprendido a vivir con tanto dolor? ¿Acaso no existe otra manera? ¿Por qué nos cuesta tanto soltar? Nos hemos convertido en ollas a presión andantes, completamente a merced del mundo, de las personas, de sus reacciones. Caminamos por la vida con nuestra coraza, con una armadura impenetrable, ocultando nuestras heridas y nuestra sensibilidad. ¿De dónde nace todo esto? Miedo, miedo y más miedo.
La revolución tecnológica y farmacéutica ha permitido que las personas aprendan a anestesiarse del dolor, dando lugar a un número creciente de seres hedonistas. Esto nos impulsa a escapar del dolor a edades cada vez más tempranas. Al desvincularnos de nuestro propio dolor, nos desconectamos también del dolor ajeno, sin ser conscientes del daño que vamos provocando, comportándonos como auténticos terroristas emocionales.
Conforme crecemos y aprendemos de las experiencias dolorosas, muchos vamos levantando un muro a nuestro alrededor, refugiándonos cada vez más en nuestros búnkeres emocionales para protegernos del dolor del mundo. Un cuerpo acorazado puede parecer una buena idea cuando nos sentimos heridos, pero a la larga solo nos trae más sufrimiento, suprimiendo nuestra capacidad de expresar amor y de compartir nuestra vulnerabilidad con los demás. Y eso, precisamente, es lo que significa ser valiente.
No somos lo que nos ha pasado, sino lo que hacemos con ello. No recuerdo quién lo dijo, pero es una frase muy aplicable a lo que intento explicar. Estar abiertos al dolor, permitir que nos atraviese y luego dejarlo ir, evitar que el dolor reprimido de los demás suprima nuestra capacidad de expresar nuestra individualidad junto con nuestra vulnerabilidad, es —siento— una actitud necesaria si queremos encontrar aquello que todos anhelamos, eso que llamamos “felicidad”. Somos nuestros propios alquimistas, y cuando el dolor llega siempre tenemos dos opciones: abrirnos al mundo y experimentarlo, o encerrarnos en nuestro caparazón, reforzarlo y dejar que nos vuelva más desconfiados y limitados.
Me gusta mucho cómo lo explica la autora Brené Brown: “Espalda fuerte, piel blanda”. Hemos entrado en una especie de competencia para ver quién tiene la espalda más fuerte, el ego más grande, reconociendo y admirando a quienes cargan más y sienten menos, especialmente a los hombres. Saber aguantar es importante, pero igual de importante es permitirnos sentir y soltar, y eso solo nos lo brinda una piel blanda y flexible. En un mundo tan lleno de dolor, mantener esa piel blanda es un verdadero reto. Pero es precisamente ella la que nos permite tratar con sensibilidad a los demás, sentir y expresar nuestras emociones sin miedo. Incluso se ha llegado a infantilizar el hecho de mostrar alegría o entusiasmo por las cosas. Y en serio…
En el mundo de los hombres, compartir la vulnerabilidad, decirles a los amigos cómo te sientes, llorar, expresar entusiasmo o poner límites… se ha convertido en sinónimo de “debilidad”. Siento que uno de los mecanismos más habituales en los grupos de amigos —sobre todo entre hombres— es recurrir al humor como vía de evasión frente a lo que nos duele, sin dar nunca espacio al dolor emocional. Y eso, en realidad, es muy triste. Me parece increíble lo desconectados que estamos de nuestras propias emociones y cómo anulamos también el mundo emocional de los demás. No hay nada menos maduro, ni menos “hombre”, que eso.
Al igual que tiramos la basura cada día, deberíamos tener el firme propósito de desprendernos también, a diario, de algo que nos haga daño. No solo nos hacemos un favor a nosotros mismos, sino también al mundo. Esto es, en realidad, una llamada urgente para aprender a soltar, para dejar ir.