Dicen que, para que a un escritor le llegue la inspiración, la mesa es su mejor aliada.
Mientras estaba sentado en una cafetería con un folio y un bolígrafo en mano, el disfrute de la gente por la Navidad no dejaba de distraerme de mi tarea.
Había mucho barullo -una cualidad de la gente de España que me encanta- mientras intentaba escribir sobre la razón espiritual de esta celebración: el nacimiento de Jesús.
Pensé que una de las cualidades más admirables era su atención; sí, la atención con la que miraba al mundo, la atención con la que amaba a la humanidad y la atención con la que conectó con su ser interior para extender tanto amor sobre la faz de la tierra.
La precisión de sus acciones y la calidad de sus emociones dejaron una huella tan grande y tan profunda que perdura hasta el día de hoy.
Precisión. Una palabra tan importante que define en gran medida la eficiencia y la eficacia de la acción y, por lo tanto, la calidad de vida de una persona.
He tenido tantas y tantas distracciones y tan poca atención en mi vida todos estos años, solo para llegar a este punto y entender algo tan importante.
Antes de caer en las garras del “trabajo duro” y de la ética protestante, empecé a pensar en términos de eficacia de resultados.
De repente, me llegó la inspiración: pensé en la ley de Boyle, que explica la relación inversa que existe entre la presión de un gas y el volumen que ocupa. Y logré establecer una correlación con la manera en la que funciona nuestro cerebro.


Tal y como vemos en la imagen, la eficacia de tus acciones es una variable que depende de la energía mental aplicada y, sobre todo, de la amplitud de tu foco de atención.
Cuanto más estrecho sea este foco, de más energía mental dispondremos para realizar la tarea en la que estamos sumergidos.
Este foco de atención se define por la resistencia tanto a las distracciones externas como a las internas (pensamientos y emociones); es la capacidad de centrar la consciencia únicamente en la tarea que se está realizando en ese preciso momento.
Hablo de profundizar en la acción presente, de la conceptualización del llamado “Deep Work”.

Vivimos sometidos a una estimulación constante, donde cada vez resulta más complicado centrar la atención en lo verdaderamente importante.
Con el aumento de los avances tecnológicos, es más urgente que nunca estrechar nuestra atención y vivir el día a día con intencionalidad y profundidad.
A menudo, hacemos las tareas con un foco de atención inmenso -como si intentáramos clavar un clavo con una almohada- obteniendo así resultados ineficaces.
Pero si trabajamos la base, es decir, la amplitud de foco, haremos que las tareas sean mucho más llevaderas y lograremos resultados de una forma mucho más inteligente.
No le estoy restando importancia al proceso; en absoluto.
El objetivo es que el propio proceso sea más profundo y fluido. Al apagar las distracciones internas y externas, los resultados exitosos llegarán como consecuencia natural.