¿Era Juana esclava de sus locuras o dueña de sus ideas?
Últimamente me siento como Juana, sumido en una especie de locura donde mi razón le ha declarado la guerra a Dios; así es, a la misma figura que me prometió no sufrir (una promesa para después de esta vida) y a través de la cual mi ego ha ido aprendiendo a eludir los dolores y sufrimientos terrenales.
Evitación experiencial: una herramienta que me fue concedida y que he empleado a lo largo de todos estos años para lidiar con miles de sentimientos a los que no quería o no podía hacer frente.
¿Acaso la religión es una herramienta para los cobardes, para quienes no se sienten con la capacidad de hacer frente a los dilemas de la vida por ellos mismos? ¿A través de sus propios medios? ¿Queda lugar para la autoconfianza y la responsabilidad?
Hago mención a la famosa plegaria:
«Dios, concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, valor para cambiar las cosas que puedo, y sabiduría para reconocer la diferencia».
Le pedí a Dios tanta serenidad que el peso de la balanza se volcó totalmente a su favor, dejándome sin valor para cambiar las cosas que sí estaban bajo mi voluntad.
Cuanto más cedía a Dios, más notaba que pocas cosas estaban bajo mi control, aumentando así drásticamente mis niveles de ansiedad (bienvenidos, cuadros y trastornos de ansiedad).
No me puedo quitar de la cabeza la frase del filósofo alemán Nietzsche: «Dios ha muerto». Me encuentro al borde de un precipicio, y saltar me podría llevar a una libertad que me da mucho vértigo.
Así es: deshacerme de la idea de que hay un Dios conllevaría la responsabilidad de cargar a mis espaldas las consecuencias de cada uno de mis actos, asumiendo un locus de control totalmente interno.
No podía soportar esa idea. En lo más hondo, no puedo soportar el peso de tanta libertad. ¿Qué tan peligrosa es? El tío Ben ya nos recordó que «un gran poder conlleva una gran responsabilidad».
He estado experimentando lo que llaman el efecto Dunning-Kruger, el cual señala que solemos sobreestimar lo que sabemos acerca de algún ámbito —en este caso, la adopción de una filosofía de vida— al carecer de la capacidad metacognitiva para reconocer nuestra propia ignorancia.
Chapó.
Hasta ahora siento que he vivido en un estado de narcolepsia, empleando como narcóticos la meditación, la oración, el rezo, la religión, la espiritualidad. En fin, cuánta desconexión…
El empirismo ha tocado a mi puerta sin previo aviso. Me he pasado mi vida entera explicando cada una de mis experiencias con el marco consolidado de la religión y, sin ser consciente, abracé una espiritualidad con principios muy similares.
¿Cómo iba a vivir mi vida sin unas pautas que seguir? Qué miedo…
Ciencia o religión. Entre lo que uno puede controlar y lo que no, hace falta sabiduría para reconocer la diferencia. ¿Qué es verdad y qué no lo es?
Ahora estoy abrazando una ciencia de lo más experimental, una ciencia que me pone los pies en la tierra.
Le doy la bienvenida a la psicología.