Tempus fugit, el tiempo corre, se nos escapa de las manos como la arena. Van pasando los días y las semanas, y nos vamos acercando cada vez más velozmente a la estación terminal de la vida, a la mortis statione, donde nos espera la “hermana muerte”. A través de los cristales de nuestro vagón vemos cómo los que nos acompañan se van bajando en las distintas estaciones, aunque todos con el mismo destino final. Observamos cómo el pasado irrecuperable se empequeñece y se desvanece, dejando atrás todo lo vivido.
Mientras viajamos, nos giramos y miramos por encima del hombro, y allí descubrimos a alguien muy particular: el Señor Dolor. Nos acompaña desde que aprendimos a llorar y forma parte inseparable de nuestra condición humana. Seguirá con nosotros hasta el final del viaje. Si volvemos la cabeza hacia el otro lado, percibimos una presencia más densa, sentada en silencio a nuestro lado: el Señor Sufrimiento. Tengo miedo.
El Señor Dolor está unido a cada uno de nosotros con una cadena imposible de romper. Al mismo tiempo, llevamos de la mano al Señor Sufrimiento por voluntad propia, unos con mayor intensidad y otros con menor.
Buda decía que el dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional. No podemos deshacernos de la cadena que nos une al dolor, pero sí decidir con qué fuerza tomamos de la mano al Señor Sufrimiento. ¿Qué relación guardan entre ellos? Resistirnos a esa cadena sólo nos causará más daño, más sufrimiento. Al final, solo nos queda una opción: aceptarlo.
El antídoto más poderoso contra el sufrimiento es otorgarle un sentido, un propósito, a la existencia del dolor. Si no podemos deshacernos de la cadena, lo más sabio es darle una utilidad: convertir su presencia en un instrumento para nuestro crecimiento psicológico, social y espiritual.
En palabras de Spaemann, comenzamos a hablar de sufrimiento cuando no somos capaces de encontrarle un sentido al dolor presente, cuando este cobra autonomía propia y neutraliza nuestra capacidad para poder trascenderlo, privándonos de las herramientas para enfrentarlo. Corrientes como el estoicismo o ideologías como el cristianismo, ponen de relieve la serenidad y la aceptación ante aquello que no podemos cambiar, así como la fuerza y la voluntad para cambiar lo que sí está en nuestras manos.
Cuidado: aceptación no significa pasividad ni resignación. Todo lo contrario, implica tener una respuesta constructiva y lo más adaptativa posible dentro del abanico de opciones que tengamos disponibles en ese preciso momento.
He terminado cansado de aferrarme tan fuertemente a la mano del Señor Sufrimiento; cuanto más avanzo por las vías voy suavizando esa intensidad, poco a poco. Le tengo miedo, pero le estoy agradecido por toda la sabiduría proporcionada a mi ser. Sé que nunca llegaré a soltarle la mano del todo hasta que no trascienda el mayor de los sufrimientos, la muerte del ego, de mi Yo. El resto de los sufrimientos tan sólo son derivaciones de la misma.
Algunos pensaréis que las cosas que planteo igual se acerca a una utopía. Pero, por definición, las utopías no están para ser alcanzadas sino para ser perseguidas; para ser vividas como un proceso continuo e interminable, ser transitadas sin un destino final concreto, siendo lo más importante la forma de caminar. Ahí radica la diferencia entre la utopía y la quimera.