Bajo el cielo estrellado, hacía de peripatético reflexionando junto al curso de la noche acerca de por qué nos fascina tanto el Universo en su conjunto: las estrellas, los astros, los planetas.
Uno se siente atraído por lo que está alineado con su propia naturaleza.
Se dice que el que se siente maravillado y perplejo reconoce que no sabe; de ahí que el amante del mito sea amante de la sabiduría, y es que el mito se compone de maravillas.
En esta sociedad occidental definida por el famoso Carpe Diem, impera lo que yo llamo una “saturación experiencial”, marcada por el consumismo y el materialismo como elementos centrales. Las personas desean constantemente acumular todo tipo de experiencias en sus estanterías, una dinámica en la que nadie quiere perderse nada.
Esta sed insaciable, esta hambre voraz, ¿a qué fin responde? Al deseo de conocer, de saber. Podríamos decir que, casi 2400 años después, Aristóteles tenía razón: todos los hombres por naturaleza deseamos conocer.
Siempre me he sentido atraído por los antiguos, los Old School, pues se dice que lo más antiguo es lo más digno de estima, y a su vez, lo más digno de estima es aquello por lo que se jura. “Lo juro por Dios”. Piénsalo.
A raíz de esto, podríamos hablar de una palabra muy importante: la “causa”, el porqué último. Cuando decimos conocer algo, creemos conocer la causa primera que rige ese hecho en concreto, ¿no? Para ello, la sabiduría consistiría en el estudio de los primeros principios y causas, y desde luego, el bien.
Ahora, dentro de la inmensidad de todos los tipos de conocimientos existentes, ¿Cuál sería el conocimiento basado en lo máximamente universal, que trata las causas y los primeros principios, que alcanza a las cosas más difíciles de conocer y al cual están subordinados el resto de saberes?
El conocimiento de lo divino, la sabiduría del Todo, de Dios.
Todas las demás ciencias serán más necesarias (utilitarias) que ella, pero ninguna es mejor que esta, la teorética (teología). Se trata de la ciencia más libre, cuyo fin está sujeto a satisfacer el intelecto y el entendimiento, tocando las verdades eternas que nunca cambian.
“Sería indigno de un hombre no buscar la ciencia que por sí mismo le corresponde”.