Síndrome de Diógenes

En 1959, Carl Jung fue entrevistado por la BBC, donde se le planteó la siguiente pregunta:
—¿Cree usted en Dios?
A lo que respondió:
“No necesito creer en Dios; lo conozco.”

Me ha llevado muchos años comprender plenamente la profundidad de esta afirmación, cargada de sabiduría. Rompe de manera radical con el concepto de religión tradicional.

La religión sin espiritualidad, la creencia sin experiencia, es como tener un vehículo sin combustible: no te lleva a ninguna parte.

¿De qué sirve acumular creencias si no hay una experiencia real en el momento presente?

En cierto modo, todos padecemos un síndrome de Diógenes mental: a la mente le encanta acumular basura en forma de pensamientos y creencias que, con el tiempo, se vuelven obsoletos y se transforman en una carga para nuestro desarrollo espiritual y nuestra felicidad. Cada vez se hace más difícil soltar y dejar ir. La sed de esta mente egotista y semidesarrollada es insaciable, y la única salida posible es trascenderla.

¿Sabéis qué es lo peor de tener una adicción? No darte cuenta de que la padeces. No somos conscientes de que también somos adictos a acumular basura en nuestro interior. Esta adicción al pensamiento, esta necesidad constante de alimentar al ego, guarda una correlación inversa con la espiritualidad en nuestras vidas: el distanciamiento con el Ser, con la no mente, con dios, conlleva al aferramiento con la mente, haciendo que la sed del alma se vuelva cada vez mayor.

Jung nos muestra con su respuesta que no necesita de la creencia para nutrir su alma; que no puedes conocer a dios a través de la mente, que no la necesita para encontrarse con Él, con su Ser.

Todo el contenido de la mente inteligente y egotista puede expresarse con palabras, menos la sabiduría que proviene del alma. El alma no entiende de palabras ni de creencias, sino de experiencias. El lenguaje del Ser es, precisamente, la experiencia.

La religión ha sido el puente que me ha permitido acercarme a la espiritualidad y es a través de ella que he desarrollado la conciencia suficiente sobre mi verdadera naturaleza, donde no se trata únicamente del cuerpo y la mente, sino de algo mucho más grande.

Practico el arte de permanecer en el estado de la no mente, un estado de disolución del ego. La espiritualidad la defino ahora como una religión consciente. Tras casi 20 años de mi vida empapado de la filosofía del islam, me di cuenta que sin la llama de la conciencia la religión carecía de sentido.

Mi verdad solamente llega hasta lo que ha experimentado mi sistema psíquico; más allá de eso mi verdad deja de gobernar. Y, en caso de pretender lo contrario, estaría cometiendo -como señaló Jung- una inmoralidad intelectual.